siempre fui más de caer que de volar
por eso las cataratas y los rápidos,
en este deporte de riesgo de sobrevivirnos
haciendo de la ceniza cecina que mascar
escupiendo todo lo que sobra
lamentando todo lo que falta.
me arrodillo por necesidad y no por obligación,
estos hombros cargan con demasiados planetas
y no me los merezco,
y no es ego ni amor propio,
es castigo y sacrificio,
intentar entender tus miedos
sin saber escapar de los míos.
tengo una canción, poco humo, muchas veces,
una añoranza que sólo entiende el otoño cuando te desfloras,
la continua sensación de poder de puntillas,
pero siempre faltan dedos de distancia,
y entre el hielo y tus caricias,
ponme un doble de besos,
hazme los coros como remolinos,
y aunque llueva bailaré,
rompiendo charcos,
lanzado corchos,
celebrando mi desgracia entre el confeti de mis trozos.
te necesito como el Sol a la Luna,
como el doble a la mitad,
como el grito a todos los silencios,
no se puede bailar con un sólo zapato,
no puedo seguir el rastro de una sola huella,
faltas,
como el vacío de un marco en una casa vieja,
y yo me estoy llenando de polvo...
se hace otoño y la luz se difumina,
un fundido a negro a modo de huida,
ojos que hacen de presa a la urgencia de llover,
si todo escuece en tu ausencia limón,
no quiero sal ni tequila, ni la canción que cierre el bar,
quiero las puntillas que si alcanzan a tus dedos de distancia,
y sorprenderte como el amanecer al que siempre llega tarde,
buh.
asustarnos los miedos
en la persecución de la luciérnaga a la estrella,
como quien ama al fuego por la quemadura,
y baila sobre su herida como un ritual,
sigue doliendo porque sigo vivo,
sigo encendido aunque no ilumine.
yo no creo en lo que tú crees,
la tormenta a la que gritas no es la quimera de la que te quieres salvar.
la mano de la que tiras cuando se escapa el globo si que existe.
yo si sigo aquí, y es en eso en lo que creo.
en las manos que te abrazan cuando lloras,
en los pies que se arrepienten en las despedidas.