sin ti, no puedo ser feliz.
pero contigo, no puedo ser libre.

domingo, 23 de marzo de 2014

Que-riendo.

 Artista de calle; entre taxis y aires tóxicos. Set de supervivencia de gorro y gabardina, camisa arrugada y saxofón, pa' que el amor y la inspiración me llegasen a fin de mes. Tenía mil calles caminadas, y más mapas en mis suelas que la biblioteca nacional. Mi mural mental derramaba tinta y cicatrices, sobre un trasfondo gris de recuerdos en blanco y negro. Pizzas frías por desayuno eran mi mayor preocupación, dando de propina versos a una repartidora caprichosa y demasiado rubia para mis pupilas sensibles. En mis tiempos libres escribía poesía, de pasados y presentes opcionales, dependiendo hacia que dolor señalase mi veleta. Era imperfecto, hecho a medias, mal afeitado, con ojeras de mil lunas, y con unos ojos que acumulaban más sueños que los que el reglamento permitía, pero que más daba saltarse la ley por una vez, no había leyes lógicas para poetas descordados. Vivía de mis sueños, incluso de mis pesadillas, y de mis musas. Y cómo buen mundano, andaba contagiado del amor, en estado terminal. Me llamaban yo, aunque ella podía llamarme vida sí quería.

Ella. Qué término tan ínfimo para definir algo tan suyo. Tan rubia que me dolía a los ojos. Y tan morena que podría dormir en ella mil noches. Con sus estrellas lunares, sus cometas deseos, sus anillos costillas. Con todo. Un universo esculpido en medidas de metro sesenta. Con su set de supervivencia de ojeras maquilladas, sudaderas anti-complejos, mañaquería pa' tapar su madurez, y su odio al mundo. Tan falta de amor como de defectos. Pardójica como ninguna, siendo tan preciosa y viendose tan ninguneada. Pero ella también soñaba, soñaba con poemas, con ser musa. Soñaba con leer lo que alguien le escribía. Soñaba con estar junto a alguien por el mero hecho de estar bajo la misma Luna. Soñaba con querer. Soñaba con alguien a medias hecho a su medida. [y perdónenme, por no poder describirla mejor, pero las lágrimas han emborronado esa parte de mi memoría].

No nos hizo falta mucho para darnos cuenta de que sólo seríamos persona completa juntos. Mitad con mitad formando uno. No me hicieron falta muchos besos para ver que mis labios encajaban con los suyos mejor que con ningunos. Qué nuestros vacíos se llenaban. No le hizo falta mucho para ver que yo tenía las letras que necesitaba leer, qué mi falta de amor la podía suplir su falta de amar. No nos hizo falta mucho para ver los mejores sueños se comparten despiertos. Qué las vidas destinadas a la muerte se soportan mejor muriendo junto a alguien. Qué la mejor manera de morir en esta vida, es morir que-riendo.

Todo hubiese sido perfecto si no hubiese sido un sueño. Encuentros esporádicos pasaron a ser cero. ¿Por qué esa calle? ¿ Por qué no mis recuerdos? Quizá si no la hubiera hecho llorar, no hubiera sido tan volátil. Quizá sin ese error del pasado todo hubiera sido perfecto. Ya no puedo saberlo. Ella terminó pisando unos adoquines que no conducían a mi cuello. Se alejó, y no podía hacer nada para detener aquello. Nos perdimos, y ni los mapas de mis suelas supieron encontrarnos. Ella terminó en otras calles, en otros Lunes y otros Domingos. Yo acabé en otras hojas, otros moteles, otras camas, otros suicidios.

Ella. Ella terminará con un empresario adinerado. Con un hijo de puta que fingirá que la quiere mientras se la folla y la trata con desprecio. Qué terminará por no valorarla cuando le haya encasquetado tres hijos. Dirá que no encontró nada mejor y se conformará con una vida que no es la suya. Recordará el pasado y le llorará a las cartas y hojas viejas que tendrá guardadas en su cajón, para poder recordar que algún día fue fueliz. Seguirá soñando, pero dormida. Esperará un regreso, pero ningún amancer me traerá de vuelta.


Yo. Seguiré escribiendo, torcido, gris, y anocheciendo. Visitaré más camas que cuerpos. Odiaré al amor, juraré no amar más, perderé el punto intermedio. Seguiré huyendo a escribirle, pero nunca volveré a ella, no puedo hacerlo. Fingiré felicidad, una sonrisa rota, y pocos huesos. Y seguiré soñando, a veces hasta despierto. Y seguiré soñando, soñando con vivir que-riendo. 

domingo, 2 de marzo de 2014

No nos da para felicidad, pero sí para ventanas.

 Qué me gusta la simpleza de tu complejidad. Qué me gusta encontrarme tu olor cuando me despierto, porque eres un desastre y te lo has dejado olvidado en mi cuarto. Qué me da igual como me llames, porque mientras que me llames, me encantará. Qué me gusta que finjas indignación sólo por el beso de reconciliación. Qué me gusta escribirte cuando no me miras, para hacer que me leas con el tacto y no con los ojos. Qué me gusta hacerte rabiar, que me muerdas, o me arañes, o buscarte un nuevo lunar cada día. Qué me gusta que me gustes, por ser un complejo ovillo de sencillez en el eje de tu huracán.

 ¿Sabéis eso de escribir sin sentido porque es la única manera de escribirle? Porque si aún no la entiendo, no puedo escribir nada entendible para ella, y así. Qué por su culpa voy a tener que dejarme la música, porque después de haber visto sus caderas no encuentro un compás que encaje en ese cuatro por cuatro mejor que su andar, y veo que pierdo el tiempo entre acordes y arpegios que no me contentan. Tampoco es que las cuerdas de mi guitarra me contenten mucho más, ya que la única cuerda que me contenta es la que esta lo suficientemente loca como para dejar mi cordura al nivel del asfalto, así de fría y así de sola. Y supongo que también acabaré dejando de mirar al cielo en busca de la cura de mi vértigo, porque si ella es la única que me hace volar, no tengo porque tener miedo.

 También abrí una estación sólo para ella, así haga lo que haga tendré que subirme a su tren y nunca acabaré perdido. Y por muy tarde que llegue, y por muchas veces que pierda el tren, siempre acabará volviendo a darme una oportunidad. Sus vías son las mejores, y aunque su luz a veces se apague, con unos cuantos versos vuelve a arrancar de nuevo. La lluvia tampoco supone un problema ya, porque aunque no nos da para tener felicidad, tenemos ventanas que compartimos y nos resguardan.

 No me parece triste no ser feliz todavía. Una tarde al año ella viene, me besa, me abraza y se marcha. Yo simplemente tengo que administrarme bien ese calor durante el año. Parece difícil, pero creanme, que cuando se la esta esperando a ella, la espera merece la pena. Al igual que merece la pena la cantidad de calamares a los que les he tenido que robar tinta, y la cantidad de gallinas desplumadas que me han permitido escribir. Incluso este caos con el cartel de 'cerrado por reformas' merece la pena.

 Y si no merece la pena, merecerá una vida entera.