Artista
de calle; entre taxis y aires tóxicos. Set de supervivencia de gorro
y gabardina, camisa arrugada y saxofón, pa' que el amor y la
inspiración me llegasen a fin de mes. Tenía mil calles caminadas, y
más mapas en mis suelas que la biblioteca nacional. Mi mural mental
derramaba tinta y cicatrices, sobre un trasfondo gris de recuerdos en
blanco y negro. Pizzas frías por desayuno eran mi mayor
preocupación, dando de propina versos a una repartidora caprichosa y
demasiado rubia para mis pupilas sensibles. En mis tiempos libres
escribía poesía, de pasados y presentes opcionales, dependiendo
hacia que dolor señalase mi veleta. Era imperfecto, hecho a medias,
mal afeitado, con ojeras de mil lunas, y con unos ojos que acumulaban
más sueños que los que el reglamento permitía, pero que más daba
saltarse la ley por una vez, no había leyes lógicas para poetas
descordados. Vivía de mis sueños, incluso de mis pesadillas, y de
mis musas. Y cómo buen mundano, andaba contagiado del amor, en
estado terminal. Me llamaban yo, aunque ella podía llamarme vida sí
quería.
Ella.
Qué término tan ínfimo para definir algo tan suyo. Tan rubia que
me dolía a los ojos. Y tan morena que podría dormir en ella mil
noches. Con sus estrellas lunares, sus cometas deseos, sus anillos
costillas. Con todo. Un universo esculpido en medidas de metro
sesenta. Con su set de supervivencia de ojeras maquilladas, sudaderas
anti-complejos, mañaquería pa' tapar su madurez, y su odio al
mundo. Tan falta de amor como de defectos. Pardójica como ninguna,
siendo tan preciosa y viendose tan ninguneada. Pero ella también
soñaba, soñaba con poemas, con ser musa. Soñaba con leer lo que
alguien le escribía. Soñaba con estar junto a alguien por el mero
hecho de estar bajo la misma Luna. Soñaba con querer. Soñaba con
alguien a medias hecho a su medida. [y perdónenme, por no poder
describirla mejor, pero las lágrimas han emborronado esa parte de mi
memoría].
No
nos hizo falta mucho para darnos cuenta de que sólo seríamos
persona completa juntos. Mitad con mitad formando uno. No me hicieron
falta muchos besos para ver que mis labios encajaban con los suyos
mejor que con ningunos. Qué nuestros vacíos se llenaban. No le hizo
falta mucho para ver que yo tenía las letras que necesitaba leer,
qué mi falta de amor la podía suplir su falta de amar. No nos hizo
falta mucho para ver los mejores sueños se comparten despiertos. Qué
las vidas destinadas a la muerte se soportan mejor muriendo junto a
alguien. Qué la mejor manera de morir en esta vida, es morir
que-riendo.
Todo
hubiese sido perfecto si no hubiese sido un sueño. Encuentros
esporádicos pasaron a ser cero. ¿Por qué esa calle? ¿ Por qué no
mis recuerdos? Quizá si no la hubiera hecho llorar, no hubiera sido
tan volátil. Quizá sin ese error del pasado todo hubiera sido
perfecto. Ya no puedo saberlo. Ella terminó pisando unos adoquines
que no conducían a mi cuello. Se alejó, y no podía hacer nada para
detener aquello. Nos perdimos, y ni los mapas de mis suelas supieron
encontrarnos. Ella terminó en otras calles, en otros Lunes y otros
Domingos. Yo acabé en otras hojas, otros moteles, otras camas, otros
suicidios.
Ella.
Ella terminará con un empresario adinerado. Con un hijo de puta que
fingirá que la quiere mientras se la folla y la trata con desprecio.
Qué terminará por no valorarla cuando le haya encasquetado tres
hijos. Dirá que no encontró nada mejor y se conformará con una
vida que no es la suya. Recordará el pasado y le llorará a las
cartas y hojas viejas que tendrá guardadas en su cajón, para poder
recordar que algún día fue fueliz. Seguirá soñando, pero dormida.
Esperará un regreso, pero ningún amancer me traerá de vuelta.
Yo.
Seguiré escribiendo, torcido, gris, y anocheciendo. Visitaré más
camas que cuerpos. Odiaré al amor, juraré no amar más, perderé el
punto intermedio. Seguiré huyendo a escribirle, pero nunca volveré
a ella, no puedo hacerlo. Fingiré felicidad, una sonrisa rota, y
pocos huesos. Y seguiré soñando, a veces hasta despierto. Y seguiré
soñando, soñando con vivir que-riendo.