sin ti, no puedo ser feliz.
pero contigo, no puedo ser libre.

domingo, 2 de marzo de 2014

No nos da para felicidad, pero sí para ventanas.

 Qué me gusta la simpleza de tu complejidad. Qué me gusta encontrarme tu olor cuando me despierto, porque eres un desastre y te lo has dejado olvidado en mi cuarto. Qué me da igual como me llames, porque mientras que me llames, me encantará. Qué me gusta que finjas indignación sólo por el beso de reconciliación. Qué me gusta escribirte cuando no me miras, para hacer que me leas con el tacto y no con los ojos. Qué me gusta hacerte rabiar, que me muerdas, o me arañes, o buscarte un nuevo lunar cada día. Qué me gusta que me gustes, por ser un complejo ovillo de sencillez en el eje de tu huracán.

 ¿Sabéis eso de escribir sin sentido porque es la única manera de escribirle? Porque si aún no la entiendo, no puedo escribir nada entendible para ella, y así. Qué por su culpa voy a tener que dejarme la música, porque después de haber visto sus caderas no encuentro un compás que encaje en ese cuatro por cuatro mejor que su andar, y veo que pierdo el tiempo entre acordes y arpegios que no me contentan. Tampoco es que las cuerdas de mi guitarra me contenten mucho más, ya que la única cuerda que me contenta es la que esta lo suficientemente loca como para dejar mi cordura al nivel del asfalto, así de fría y así de sola. Y supongo que también acabaré dejando de mirar al cielo en busca de la cura de mi vértigo, porque si ella es la única que me hace volar, no tengo porque tener miedo.

 También abrí una estación sólo para ella, así haga lo que haga tendré que subirme a su tren y nunca acabaré perdido. Y por muy tarde que llegue, y por muchas veces que pierda el tren, siempre acabará volviendo a darme una oportunidad. Sus vías son las mejores, y aunque su luz a veces se apague, con unos cuantos versos vuelve a arrancar de nuevo. La lluvia tampoco supone un problema ya, porque aunque no nos da para tener felicidad, tenemos ventanas que compartimos y nos resguardan.

 No me parece triste no ser feliz todavía. Una tarde al año ella viene, me besa, me abraza y se marcha. Yo simplemente tengo que administrarme bien ese calor durante el año. Parece difícil, pero creanme, que cuando se la esta esperando a ella, la espera merece la pena. Al igual que merece la pena la cantidad de calamares a los que les he tenido que robar tinta, y la cantidad de gallinas desplumadas que me han permitido escribir. Incluso este caos con el cartel de 'cerrado por reformas' merece la pena.

 Y si no merece la pena, merecerá una vida entera.

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