sin ti, no puedo ser feliz.
pero contigo, no puedo ser libre.

miércoles, 9 de julio de 2014

Entre cervezas y olvidos. 1.

  La taberna estaba bastante vacía. Las lámparas de aceite oscilaban en el techo empujadas por la brisa marina, y las llamas oscilaban bailarinas provocando sobras curiosas en la pared. Los tablones de madera corcomidos por la marea crujian con cada paso, y los marinos y clientes estaban sumidos en el silencio, embelesados por la dulce voz de la cantante que daba ambiente a aquella quejumbrosa taberna. La chica en cuestión era una rubia de ojos verdes, con los rasgos de una muñeca de porcelana y la voz de un ángel. Cualquier persona cuerda vería que una persona como esa no encajaba de ninguna manera en algún lugar como aquel, pero nadie podía fijarse en otra cosa que no fuera el baile de la voz de la muchacha. Aunque siempre había alguna excepción para todo.

En una de las mesas más apartadas, detrás de un pilar, cerca de la ventana derecha del local, había un moreno de rasgos grises sentado. Una de las camareras le había servido una cerveza hacia poco, y el chico jugaba con la jarra entre sus dedos, lanzandola de un lado a otro de la mesa, y dando pequeños tragos periódicos cada cierto tiempo. La camarera volvió a acudir con la llamada del muchacho, y le sirvió un whisky doble con un guiño risueño.

La noche avanzaba gris como una niebla perezosa que no quiere volver a casa después de una borrachera, y el muchacho no levantó la cabeza hasta que otro hombre de cara cenicienta y barba grisácea entró en la taberna y se sentó a compartir su mesa. Ambos eran muy diferentes, uno era moreno y tenía un aspecto joven cada vez que sonreía. El otro estaba pálido, y tenía algunas arrugas que comenzaban a dejarse ver más de la cuenta,  lo que indicaba que comenzaba a tener una edad considerable. El pálido también tenía varias cicatrices en los brazos y el cuello, mientras que el muchacho sólo tenía marcas en los nudillos. Cualquiera diría que ambos no tenían nada que ver, pero la conversación que mantuvieron dejaba ver que eran mucho más que conocidos. 

El pálido fue el primero en romper el silencio espeso que se había acomodado en la mesa.
  - Me preocupas Lex. Esas dos medialunas oscuras que subrayan tus ojos no son típicas de ti. Y mira tu pelo, parece como si un tifón hubiera pasado por encima de tu cabeza. ¿ Cuántos días hace que no te peinas? No te había visto así desde que tuviste que dejar a tu madre sola. 
  - Venga ya Jou, eres un melodramatico. Llevo varios días con mi insomnio periódico y últimamente ando demasiado ocupado como para tener que preocuparme por mi pelo. No tengo que salir a buscar a ninguna jovenzuela y mucho menos a alguna que me juzgue por mi pelo.
  - No sabes mentir - replicó el otro. - Te he visto coquetear con más de una cortesana como para que ahora me vengas a decir que no buscas ninguna jovenzuela. Incluso un insensible como tú necesita distracciones de vez en cuando. Además, ¿ Cuánto hacía que no sufrias insomnio? No recuerdo haberte visto con unas ojeras así desde hace meses..
  - Sabes que nunca he sido de esos, así que deja de inventarte cosas. Y respecto a lo de no dormir, es algo normal en mi.
El moreno que se hacía llamar Lex apuró su quinta cerveza de un trago, y los mofletes rojos que comenzaban a formarse en su rostro deltaban que el alcohol comenzaba a hacerle mella. Su interlocutor era observador, y no tardó en encargar otra ronda para poder aprovecharse de eso.
  - He escuchado algunos rumores. Un famoso mercenario tuvo que dejar la capital y desaparecer de un día para otro por razones desconocidas. Otros rumores menos oídos contaban que el famoso mercenario había ido a exiliarse a una taberna y hundirse entre cervezas. Y nadie sabe por que. Y yo mismo tampoco encuentro una razón de porque has cambiado tus atuendos corrientes por unas ropas de ciudadano corriente. 

El moreno que estaba en frente golpeó la mesa con su jarra. La mesa se astilló y la jarra se resquebrajó, lanzando cristales húmedos y espuma por todos lados. Luego frunció el ceño.
  - Jou, cállate. Cállate. No he venido aquí por gusto. No duermo nada por gusto. No me hundo entre cervezas por gusto. Deberías de saberlo y no venir a hurgar en una herida que quizá sea demasiado profunda hasta para ti.
Jou sonrió interiormente. La armadura que su compañero había construido alrededor de sus secretos comenzaba a resquebrajarse gracias al alcohol, a la noche y a la conversación. Y eso era lo que él quería.
- Sigues siendo tan cobarde como siempre. ¿Tienes miedo a hablar conmigo y no ser capaz de soportar lo que va a salir por tu boca?  ¿Pero que clase de mercenario eres?
  - Me enamoré y me mataron.
  - ¿ Tú enamorado de una chica de la capital? ¿ Tú enamorado de una noble niña de papá? ¿ Que será lo próximo, qué el Rey baje los impuestos en sus feudos un 50%? ¿ Qué le regalen privilegios a la burguesía?
  - Venga ya Jou, estas ganándote que te corte el gaznate. Ella era diferente.
  - ¿ Diferente? Todas las niñas de capital buscan exprimir a los hombres que caen en sus garras, pidiéndoles fragmentos de Luna, para después recordarles que son totalmente superiores a ti por tener sangre azul corriendo por sus venas.
  - Siempre hay una excepción que confirma la regla. - La voz comenzaba a quebrarsele y su mirada estaba tornándose vidriosa. - Ella no quería ser noble. No quería casarse con ningún noble engreído. Quería ser libre. Libre, conmigo.
  - ¿A sí? Háblame de ella, pues. Háblame de tu niña de papá que quería ser una excepción. - El moreno respondió a la ofensa con un gruñido y una patada  por debajo de la mesa.
  - Que quieres que te diga... Una chica sencilla que había nacido en el lugar incorrecto. Nos conocimos por casualidad, ella bajaba al mercado vestida de plebeya para hacer los recados que en su condición de noble nunca haría... Yo simplemente tenía que reponer mis provisiones y encargar un par de dagas. - El muchacho esbozó una sonrisa con una mirada jovial que se perdía en los recuerdos. - Ella era muy torpe desde joven, y un desaire del destino la hizo chocar conmigo cuando cargaba una cesta llena de frutas. A pesar de mis reflejos, no pude cazar más de 2 naranjas al aire antes de que el peso de su cuerpo chocase contra el mío y nos hiciera caer como dos títeres a los que les han cortado las cuerdas, levantando barullo y polvo. Esa fue la primera vez que la vi sonriendo encima de mi pecho y dudo que alguna vez consiga olvidarme de eso. Desde aquel momento jugamos a ser niños en cuerpos de adultos. Encuentros fugaces en un tejado, citas a escondidas en pequeñas tabernas discretas de la periferia, tardes enteras perdidas tirados en la hierba, o amaneceres inacabables mientras que su familia andara lejos de casa... Te hablaría de las vivencias que compartimos, pero un sordo nunca será capaz de entender la música sin haberla escuchado nunca, así que dudo que tú fueses a entender que las mareas obedecieran un patrón distinto al que marca la Luna, o que las dunas del desierto fueran simples motas de polvo comparadas a las curvas de su espalda. Ella me enseñó la cantidad de mentiras que hay en el mundo. Aprendí que soñar está sobrevalorado, y que puede amanecer más de dos veces en una noche. Aprendí que los ojos hablan más que cualquier boca y encima no cometen errores, y que es mejor medir distancias en besos que en bardas pulgadas . Ella me enseñó lo desgraciado que puedes llegar a ver el mundo cuando lo comparas al mundo que ella representaba. - Lex rió como si alguien hubiese contado un chiste en su cabeza. - Ella me enseñó demasiadas cosas... Claro que a ti todo eso no te interesa en absoluto.
La Luna comenzaba a centellear a través de la ventana. Sin darse cuenta, la conversación había penetrado en la noche, y la taberna se encontraba casi vacía cuando ambos sujetos levantaron la cabeza. Apenas quedaban 3 grupos de marinos y varios ciudadanos demasiado borrachos como para volver con su esposa. El ambiente era frío y apenas se escuchaban murmullos. Hacia mucho ya que la cantante se había marchado.
  - En todo lo que me has contado no encuentro motivos para que acabaras así. Todo iba perfecto y parecía que te quería mucho, ¿no? . - El semblante de Lex se oscureció, y Jou se arrepintió enseguida de haber dicho eso...

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