El chico moreno se enderezó y se dispuso a continuar.
- ¿Sabes Jou? Una de las leyes que imponen en el gremio de los mercenarios para poder llegar a Maestro del gremio, es no enamorarse. El amor es una parca. Un asesinato interior. Una manera de suicidio bastante cruel, que con unos buenos trazos y varios disfraces puede quedar muy bonito. Pero que al fin y al cabo, es una muerte. Y claro, un mercenario trabaja para matar, y debe protegerse de todo lo que pueda provocarle la muerte. Y si se enamora, muere. Por eso nos imponen esa ley. Por eso nos obligan a rechazar todo tipo de pensamientos afectuosos sobre cualquier muchacha. Simplemente para protegernos. - Hizo una breve pausa, reprimiendo lo que podrían ser unas lágrimas, y continuó. - Ella sea marchó. Fue como una primavera que dejó atrás un invierno frío, derrumbado, lleno de sangre, hambre y grietas. No dejó una nota. No se despidió con un beso que demostrara que tengo derecho a morir feliz. No hubo calma que precediera a la tormenta. No hubo un aviso. Cuando quise darme cuenta el carromato de su familia se alejaba por el camino norte de la capital, en dirección a las montañas. Ella ni me miró a los ojos cuando pasé adrede por enfrente de su carro. Tampoco saltó a mis brazos llorando diciendo que me quería. Ni se despidió agitando los dedos con la gracilidad de una reina. No hubo una frase épica que prometiese un recuerdo en el futuro. No hubo nada que pudiese dar fruto a una novela. Sólo hubo muerte. ¿Alguna vez has sentido el dolor de tener mil agujas metidas en la cabeza que desgarran tu cabeza con cada mínimo movimiento que hagas? Cada despertar era una resignación constante de que todo lo que soñaba con ella era eso, simples sueños. Cada día me invadía un poco más de realidad, me clavaba más agujas, me hacía más consciente de que ella se había marchado para no volver. Todo me sabía a cenizas comparado con sus labios. No había unas caricias que no cortaran como cuchillas si no eran las suyas. Vivía en una irrealidad continua. Recuerdo todo aquello con una niebla espesa que no me deja ver más allá de la superficie. Mi subsconciente me protegía y me hacía permanecer adormilado día a día, para que el dolor no acabase conmigo. El mundo se volvió una masa espesa y agridulce que sólo daba ganas de vomitar. La gente se volvió falsa, hipócrita, hiriente e insoportable. Perdí toda emoción, la noción del tiempo. Las ganas de que pasasen los días. Creeme que no hay nada peor que un hombre hueco sin esperanzas... Al tiempo dejé de dormir, puesto que mis sueños se habían tornado insoportables. También deje de escribir, porque mi cabeza estaba insconciente y muerta. Perdí a numerosos clientes en aquella época. Y decidí huir a una taberna. El alcohol es el único que me ayuda a calmar la hipotermia, y tenía la vana esperanza de encontrar el sabor de unos labios en las jarras de cerveza. Pero siempre he sido un necio y me equivoqué. Me equivoqué estrepitosamente.
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