sin ti, no puedo ser feliz.
pero contigo, no puedo ser libre.

domingo, 2 de febrero de 2014

Autodestrucción.

Para cuando supe que sería la última noche ya me había despertado. La ausencia me besó la nuca y caí redondo en tu olvido. Me incorporé del suelo frío. Había arrastrado a la sabana y la almohada y las había sacado de la cama. Ahí estaba tú última huella, el perfil de tu cuerpo durmiendo, con mi corbata azul colgando en el cuello, para que nunca olvidases mi olor. Como siempre, llevaba el alma arrugada y la piel desnuda. Aquellos pantalones de pijama grises no me abrigaban y el espejo me escupió soledad nada más mirarlo. Limpié mi cara con lágrimas y me sequé en tu tanga de hilo, para no perder la costumbre. Cuando llegué a la cocina, la sombra de nuestro último polvo aún gemía en la encimera, y las tazas rotas acumuladas en el lavaplatos tapaban heridas y recuerdos de mañanas felices. La cafetera silbó cuando la encendí, como los obreros de la obra del metro al verte pasar metida en tu vestido negro. El café me supo a tiempo perdido, y sin tener tus labios para mojar, tuve que apañarmelas con dos magdalenas secas. Luego sonó mi tono de llamada, y creía que eras tú, cantándome desde la ducha. Pero no, aquel puto aparato de mierda por el que me habías dejado resonaba en la esquina más recóndita del salón, entre vozka y botellas rotas. Descalzo y con el corazón como zapatos pisé todo aquellos cristales rotos para desgarrarme un poco más por dentro, y cogí la llamada. Era tu contestador, que bromista juraba que aún me amabas. Que iluso. Salí de allí sangrando para revisar el correo, aparté tus últimos besos, las cartas de despedida y tu recuerdo. Encontré entonces mi acta de defunción, porque desde anoche ya no era yo, era otro, y mi ego no aceptaba a un impostor.

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