sin ti, no puedo ser feliz.
pero contigo, no puedo ser libre.

lunes, 10 de febrero de 2014

Despertar.

' Me desperezo. Las heridas de mi espalda saludan tímidas con un dolor cálido, y tus uñas divagan por mi nuca recordándome la noche. Miro al calendario. Hoy es tú, por quintuagesima décimo cuarta vez en el último recuerdo. Además, por la ventana se filtra un poco del color de tu pelo, que el Sol lo toma prestado para notificar al mundo del resto que es de día.

Como siempre sufro insomnio y aunque en mi mundo aún es de noche, (hoy estas dormilona y no quieres soñar despierta), me incorporo de la cama como puedo. Recojo tu ropa del suelo y la coloco en la silla de tu escritorio, pasándome de altruista, ya que tú desordenas mi vida y nunca recoges nada, pero en fin, los círculos morados de mi cuello no dejan que la sangre me suba a la cabeza y no me da para pensar mucho. Llego a la altura de tu espejo y veo las marcas de carmin y de vaho que tus gemidos dejaron anoche. Por lo visto el espejo también tiene buen gusto.

Una vez salgo, voy a la cocina descalzo, mientras tu ego me vigila atento a mi próximo movimiento. Cazo al aire varios versos escritos  con tu lápiz de ojos en varias servilletas arrugadas. Vaya vicio tienes de enviarme indirectas para que compongan más, eh. Bueno, busco tu clitoris y recuerdo que estas en la cama durmiendo, así que me conformo con dos capuccinos y un croassant tierno. Me he quedado con hambre. Después de tu cuerpo todo me sabe a poco.

En el salón tampoco encuentro mucho exilio. Veo rastros de risas y fotografías. Tu guitarra descansa en un sofá y el calor de tus besos se ha colado en la estantería de discos de tu madre. Encuentro restos de tardes perfectas debajo de la alfombra y les pido que se escondan bien para que el viento no se las lleve nunca. Una carcajada tuya me muerde la nuca y pienso en los arpegios que compuse en tus costillas. Ojeo los libros y veo las líneas de tu espalda escritas en hebreo en un tomo antiguo. Lo releo varias veces para recordar leerlas en braile más tarde con tu ayuda, cierro el libro, abro tus piernas y fumo [...] Vuelvo a tu habitación.

Supongo que nunca me acostumbraré a una droga tan fuerte como una musa así. Corro riesgo de sobredosis, pero en fin, antes de que me beses de nuevo, me automedico escribiendo. '
Mi día a día con mi musa. Despertar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario